domingo 28 de junio de 2009

¿Seremos violentos por naturaleza?





Rescatamos un artículo publicado en El País hace ya algunos años. La pertinencia de su temática y el foco responsable de su factura son innegables. Aun cuando puede no acordarse en lo medular.

“Hay dos cosas infinitas: el Universo y
la estupidez humana.
Y del Universo no estoy seguro.”
Albert Einstein
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El mito de la violencia humana

Ashley Montagu

¿Por qué está el mundo tan lleno de agresividad? ¿Por qué son tan frecuentes la hostilidad y la crueldad entre los seres humanos? ¿Por qué se amenazan entre sí las naciones con el exterminio nuclear? ¿Por qué aumenta la delincuencia prácticamente en todas partes? ¿Cuál puede ser la respuesta? La más cómoda es, desde luego, afirmar que el ser humano es un ser imperfecto, nacido en pecado y agresivo por naturaleza. Además, esta explicación es satisfactoria para casi todo el mundo, porque a quien nace predeterminado no puede culpársele por su forma de comportarse.
Muchos escritores, científicos, dramaturgos y cineastas han apoyado la concepción de la supuesta maldad innata del ser humano. Si por todas partes se manifiesta la violencia y la agresividad, ¿cómo podemos negar que la agresividad sea instintiva, que pertenezca a la propia naturaleza humana? Así se llega a una explicación. La explicación que lo explica todo.
La verdad es, sin embargo, que una interpretación tan gratificante nos hace sentirnos muy tranquilos, nos libera de toda culpabilidad, nos exime de la responsabilidad de hacer todo lo que podamos para reducir la violencia que se manifiesta en nuestra convivencia y en el mundo en general. Pero las respuestas que lo explican todo, de hecho no explican nada. Como escribió el gran filósofo inglés John Stuart Mill, "de las posibles maneras de eludir las influencias de la moral y la sociedad sobre la mente humana, la más corriente es la de hacer responsable de las diferencias de comportamiento y carácter a diferencias naturales innatas".
Permítasenos, por tanto, analizar lo que algunos conocidos escritores y otras personalidades relevantes han dicho sobre el tema de la violencia humana; y veamos después si estas opiniones pueden mantenerse a la vista de los hechos.
William Golding cuenta en su novela El señor de las moscas la historia de un grupo de niños en edad escolar abandonados en una isla, que se convierten en arquetípicos salvajes y comienzan a perseguirse unos a otros. Golding dice que su novela es "un intento de analizar los defectos de la sociedad a la luz de los defectos de la naturaleza humana". Pero la verdad es que no busca las razones de nada; simplemente, parte de la idea de que tanto la sociedad como la naturaleza humana están programadas para la crueldad, el sadismo y el crimen.

Instinto de muerte
A la vista de su brillante y terrible narración, es verdaderamente difícil sostener que los hechos reales que se han producido en situaciones parecidas a la descrita en la novela de Golding no apoyan sus conclusiones. Por ejemplo, a comienzos de los años sesenta, durante un viaje rutinario de una isla a otra, unos melanesios dejaron en un atolón seis o siete niños de edades comprendidas entre dos y doce años, con la idea de recogerlos poco después; pero sobrevino una tormenta que les impidió regresar hasta pasados varios meses. Cuando los niños fueron rescatados se descubrió que se habían portado a las mil maravillas: habían aprendido a buscar agua potable, se alimentaban sobre todo de pescado, eran capaces de construir refugios y, en líneas generales, habían construido una comunidad en buena convivencia, sin luchas, peleas ni problemas de liderazgo.
Konrad Lorenz, el investigador austriaco que fue premio Nobel por sus trabajos sobre el comportamiento animal, se esforzaba por demostrar en su muy leído libro sobre la agresión que el intinto de lucha humano dirigido hacia sus congéneres es la causa de la violencia contemporánea. Antes que él, Freud había defendido la misma idea con la definición del instinto de muerte, que orientaba el comportamiento del hombre hacia la destrucción y la guerra. El dramaturgo Robert Ardrey defendió la misma tesis en sus libros "African Genesis (Génesis en Africa)", "The territorial imperative" y otros. Y el etnólogo Desmond Morris llegó aún más lejos en su libro "El mono desnudo" afirmando que "es una tontería que debatamos sobre controlar nuestros sentimientos de territorialidad y agresividad", ya que nuestra propia naturaleza, puramente animal, "nunca lo permitirá".
Desgraciadamente, la mayoría de los escritores que han tratado el tema de la naturaleza humana han sido incapaces de discriminar entre sus prejuicios y las leyes de la naturaleza humana. Otro de estos prejuicios consiste en creer que el comportamiento agresivo del hombre es instintivo. No hay en parte alguna pruebas de ninguna clase de que los seres humanos tengan verdadero instinto. Y, por otro lado, hay muchas pruebas de que todo comportamiento agresivo -como todo comportamiento profundamente humano- es aprendido.
La característica más destacada de la especie humana es su educabilidad, el hecho de que todo lo que sabe y hace como ser humano ha de aprenderlo de otros seres humanos. Y esto lo ha ido aprendiendo en sus cuatro millones de años de evolución, a partir del momento en que los hombres hubieron de abandonar la vida en los árboles -que escaseaban a causa del descenso de lluvias- y asentarse en llanuras abiertas donde tenía que cazar para subsistir. En la caza son muy importantes la cooperación, la capacidad para solucionar rápidamente los problemas imprevistos y la adaptabilidad. Los instintos que predeterminaran el comportamiento no hubieran tenido ninguna utilidad en el nuevo nivel de adaptación hacia el que los seres humanos habían evolucionado: la parte aprendida, hecha por el ser humano, del entorno; en otras palabras, la cultura. Lo que hacía falta era saber cómo abrirse paso en un entorno creado por el hombre, y las reacciones biológicamente predeterminadas resultaban inútiles ante situaciones para las que habían sido pensadas ni eran apropiadas. Hacían falta respuestas, no reacciones; era preciso crear soluciones ante los nuevos y siempre cambiantes desafíos del entorno.
El instinto constituye un tipo de inteligencia recurrente que otras criaturas poseen y que las hacen mantenerse siempre en el mismo lugar en la escala biológica. Pero no es eficaz en el versátil entorno humano: ésta s la razón por la que los humanos no tenemos instintos de ninguna clase. La especialidad del ser humano es ser no especializado, capaz de adaptarse a lo imprevisto, maleable y flexible.
De la misma manera, las condiciones en que se desarrolló la evolución del ser humano a lo largo de los últimos miles de años hicieron muy importante la capacidad de cooperación.
Los grupos humanos eran muy pequeños hasta hace aproximadamente 12000 años; los constituían entre 30 y 50 individuos. En tales sociedades, cuyas actividades principales eran la recolección y la caza, la ayuda mutua y la preocupación por el bienestar de los demás -la cooperación- no sólo eran muy valoradas, sino que constituían condiciones estrictamente necesarias para la supervivencia del grupo. Los individuos agresivos no hubieran prosperado en tales sociedades. Por tanto, es muy improbable que pudiera haberse desarrollado algo parecido a un instinto de agresión, y mucho menos un instinto de territorialidad.
Por lo que al instinto de territorialidad respecta, conviene señalar qu ninguno de los grandes simios (ni el gorila, ni el chimpancé, ni el orangután) ni la mayoría de los monos que han sido estudiados poseen tal instinto. Sin embargo, como estos hechos contradicen las teorías de Ardrey, Morris y Lorenz, ellos los pasan por alto alegremente. Estos escritores escogen, a menudo, exclusivamente los aspectos de la realidad que vienen a demostrar sus teorías, aunque estos sean forzados o simplemente erróneos.

Falsas interpretaciones
Resultaría imposible examinar aquí los muchos errores en que incurren los citados escritores, pero sus teorías han sido estudiadas en detalle y rebatidas en mi libro "La naturaleza de la agresividad humana" y en otros dos volúmenes de los que he sido editor, "Man and agression" y "learning non-agression". Aquí sólo es posible analizar algunos de los errores y falsas interpretaciones en que caen estos escritores.
Tratando de demostrar que la agresividad es algo inherente a la naturaleza humana, Lorenz cita un estudio sobre los indios norteamericanos Utas, argumentando que "llevan una vida salvaje basada casi enteramente en la guerra y las razzias" y que, por consiguiente, "debe haber habido entre ellos un proceso muy intenso de selección, que ha dado como resultado un nivel de agresividad muy alto". Lorenz añade que "es bastante probable que esto produjera cambios en la herencia genética... en un período de tiempo corto". La violencia, los homicidios, los suicidios y las neurosis son para Lorenz pruebas de la agresividad innata de los Utas.
Pero el profesor Omer Stewart, máxima autoridad científica que ha estudiado esta tribu, ha demostrado que Lorenz está bastante equivocado. Ni los Utas fueron nunca belicosos ni estuvieron dominados por la violencia, la muerte, el suicidio y la neurosis. Lorenz habla repetidas veces de la belicosidad del hombre primitivo, pero no existe ninguna prueba de esto, e incluso es muy probable que no tuviera el más mínimo espíritu guerrero. Si el hombre primitivo hubiera sido belicoso no habría sobrevivido durante mucho tiempo, dado que el número de individuos que formaban los pueblos cazadores-recolectores era pequeño.

El mito de la territorialidad
Las pruebas que tenemos señalan que las guerras -esto es, los ataques organizados de un pueblo a otro- no comenzaron a producirse hasta el desarrollo de las comunidades urbanas, hace no más de 10.000 años.
Por lo que hace a la territorialidad, defendida por Ardrey como una tendencia innata a ocupar y defender un territorio exclusivo, se trata de un mito más. Los seres humanos se comportan de muchas y muy diferentes maneras en lo relativo al territorio.
Algunos están apegados a sus territorios y defienden celosamente sus fronteras; otros, como los esquimales, carecen del sentido de la propiedad territorial y reciben bien a cualquiera que decida instalarse entre ellos. Los pueblos cazadores-recolectores viven a menudo sobre territorios cuyas fronteras se superponen y éstas nunca son motivo de conflicto de ninguna clase. Hay otros grupos tribales que se adaptan pacíficamente a la invasión de sus tierras marchándose a otro lugar. Para otros no constituye ningún problema abandonar sus tierras para ir a otras más adecuadas a sus objetivos.

Los grupos y la agresividad
En esencia, unas sociedades tienen sentido de la territorialidad y otras no. Y esto no tiene nada que ver con la tendencia o instinto, y sí mucho con lo que esos pueblos han aprendido a pensar y sentir sobre el territorio.
Morris habla de los grupos como un elemento que provoca las reacciones agresivas. La agresividad que en ellos surge no es una reacción, sino una respuesta; no es innata, sino aprendida. Los grupos en sí mismos no provocan la agresividad. Los indios asiáticos, los todas y los bihor del sur de la India, los hadza de África, los punan de Borneo, los pigmeos de la selva de Ituri, los arapesh del río Sepik (Nueva Guinea), los yamis de la isla de Orchid (cerca de Taiwán), los hopi y zuni de Norteamérica y otros muchos pueblos, como los tasaday de Mindanao (Filipinas), son comunidades no agresivas. Se podría decir, por supuesto, que tales pueblos han aprendido a controlar su agresividad innata. Pero esto implicaría asumir que existe algo así como un agresividad no aprendida, un deseo natural de herir a los demás. Hasta que alguien pueda darnos una mínima prueba de tal cosa, parece más razonable pensar -basándonos en las pruebas reales que tenemos- que no había una agresividad innata en un principio y que los citados pueblos no agresivos son así porque no han aprendido a reaccionar con agresividad ante ninguna situación.
Los hechos demuestran que el ser humano no nace con un carácter agresivo, sino con un sistema muy organizado de tendencias hacia el crecimiento y el desarrollo en un ambiente de comprensión y cooperación. Hay pruebas de que las tendencias humanas básicas están dirigidas hacia el desarrollo a través de la capacidad para relacionarse con los demás de manera cada vez más amplia y creativa, haciendo más fácil la supervivencia. Cuando estas tendencias básicas de comportamiento se frustran, los seres humanos tienden hacia el desorden y a convertirse en las víctimas de los otros humanos igualmente afectados por estos desajustes.

La salud es la capacidad de ser humano
La salud es la capacidad para amar, para trabajar, para jugar y para usar la propia inteligencia como una herramienta de precisión. Los humanos han nacido para vivir, como si vivir y amar fueran una misma cosa. Para amar hay que aprender a amar y sólo se aprende a hacerlo cuando se es amado. El afecto es una necesidad fundamental. Es la necesidad que nos hace humanos. De ahí que una persona que no haya sido así humanizada durante los seis primeros años de su vida padezca un proceso de deshumanización que le lleva a comportamientos destructivos, aprendidos en un intento desordenado y equivocado de adaptarse a un mundo también desordenado y provocador de tensiones. De estos desórdenes surgen toda la agresividad y los enfrentamientos violentos, tanto a escala individual como colectiva.
Muchos profetas apasionados han predicado largamente las virtudes del amor, pero pocos han señalado por sí mismos el camino. El significado de una palabra radica en los actos en que se manifiesta; al amor se le ha atribuido una significación ritual, pero casi nunca ha expresado su significado real como compromiso en el sentido de algo que se practica, de algo que es parte de nuestro comportamiento diario. Recordemos siempre que la humanidad no es algo que se hereda, sino que nuestra verdadera herencia reside en nuestra capacidad para hacernos y rehacernos a nosotros mismos. Que no somos criaturas, sino creadores de nuestro destino.

domingo 21 de junio de 2009

La lucha de clases y la propaganda imperial













Las elecciones iraníes: el timo del robo electoral
por James Petras

El análisis de la elección presidencial iraní, en vista de las anteriores votaciones y de las encuestas encargadas por los Estados Unidos, no deja ninguna duda de que Mahmoud Ahmadinejad es ampliamente reelegido. Esto no es sorprendente, observa el profesor James Petras: el pueblo votó a favor de un nacional-populista, mientras que sólo las élites occidentalizadas han votado a favor del candidato liberal, querido de los medios de comunicación occidentales. El mismo fenómeno se ha observado en otros países.

“Para los pobres, el cambio significa alimento y empleo,
no un código más permisivo en el vestir o el ocio…
La política en Irán tiene mucho más que ver
con la lucha de clases que con la religión”.

Financial Times, editorial
(15.6.2009)

Introducción
No hay prácticamente unas elecciones en las que la Casa Blanca tenga algo en juego, en las que la derrota electoral del candidato pro estadounidense no sea denunciada como ilegítima por toda la élite política y de los medios de comunicación. Últimamente, la Casa Blanca y sus seguidores proclamaron que había fraude en las elecciones libres (y supervisadas) celebradas en Venezuela y Gaza, a la vez que celebraban alegremente el éxito electoral en Líbano, a pesar de que la coalición liderada por Hezbolá recibió más del 53% de los votos.
Las elecciones iraníes del pasado 12 de junio son un ejemplo clásico: el candidato nacionalista-populista, Mahmoud Ahmadineyad, recibió el 63,3% de los votos (24,5 millones), mientras que el candidato de la oposición, apoyado por los países occidentales, Hosein Musaví recibía el 34,2% (3,2 millones).
Estas elecciones alcanzaron una participación récord de más del 80% del electorado, con un número de votos provenientes del extranjero de 234.812, de los que 111.792 fueron a parar a Musaví y 78.300 a Ahmadineyad. La oposición liderada por Musaví no aceptó la derrota y organizó una serie de manifestaciones masivas que desembocaron en actos de violencia, como quema y destrucción de automóviles, bancos, edificios públicos y confrontaciones armadas con la policía y otras autoridades. Casi todo el espectro de comentaristas occidentales, entre otros los de los principales medios impresos y electrónicos, y los principales sitios Internet de tendencia liberal, izquierdista, libertaria y conservadora, se hicieron eco de la afirmación de la oposición de fraude electoral a gran escala. Los neoconservadores, los conservadores libertarios y los trotskistas se unieron a los sionistas para aclamar a los manifestantes de la oposición como avanzadilla de una revolución democrática. Demócratas y republicanos condenaron al gobierno iraní, se negaron a reconocer los resultados de la votación y dieron respaldo a los esfuerzos de los manifestantes por revocar el resultado electoral. El New York Times, la CNN, el Washington Post, el ministerio de Asuntos Exteriores de Israel y todos los líderes de las principales organizaciones judías estadounidenses pidieron sanciones más duras contra Irán y anunciaron la defunción del diálogo propuesto por el presidente Obama con Irán.

El timo del fraude electoral
Los líderes occidentales rechazaron los resultados porque sabían que su candidato reformista no podía perder… Durante meses publicaron diariamente entrevistas, editoriales e informes desde el terreno detallando los fallos del gobierno de Mahmoud Ahmadineyad y citando el apoyo aportado por los clérigos, ex funcionarios, comerciantes y sobre todo mujeres y jóvenes urbanos que hablan inglés, con el fin de probar que Hosein Musaví iba a ganar con toda facilidad. La victoria de éste se describía como la de las voces de la moderación, es decir, la versión de la Casa Blanca de este vacío tópico. Destacados académicos progresistas dedujeron que el recuento de los votos fue fraudulento porque el candidato de la oposición, Musaví, perdió en su propio enclave étnico azerí. Otros académicos aseguraron que el voto joven –basándose en entrevistas con jóvenes universitarios de clase media y alta de los barrios del norte de Teherán– estaban abrumadoramente a favor del candidato reformista.
Lo que resulta asombroso de la condena occidental general de los resultados electorales por fraude es que no hay ni asomo de pruebas sobre papel o fruto de la observación presentadas antes o una semana después del recuento. Durante toda la campaña electoral, no hubo ninguna acusación creíble (o incluso dudosa) de manipulación de votos. Mientras los medios occidentales creían su propia propaganda de una inminente victoria de su candidato, describían un proceso electoral altamente competido, con encendidos debates públicos y niveles sin precedentes de actividad pública, sin ningún obstáculo para el proselitismo. La creencia en una elección libre y abierta era tan fuerte que los líderes y los medios occidentales estaban convencidos de que ganaría su candidato favorito.

Los medios occidentales confiaban en sus reporteros que cubrían las grandes manifestaciones de los seguidores de la oposición, a la vez que ignoraban o quitaban importancia a las favorables a Ahmadineyad. Peor aún, los medios occidentales no prestaban atención a la composición de clase de las diferentes manifestaciones, sin percatarse de que el candidato presidente recibía el apoyo de la mucho más numerosa clase trabajadora pobre, los campesinos, los artesanos y los funcionarios, mientras que el grueso de las manifestaciones de la oposición estaba formado por estudiantes de clase media y alta y miembros de la clase profesional y de negocios.
Además, la mayor parte de las proyecciones de los líderes de opinión y reporteros occidentales basados en Teherán eran extrapolaciones de sus observaciones en la capital, y pocos fueron los que se aventuraron en las provincias, las poblaciones pequeñas y medias y los pueblos, donde Mahmoud Ahmadineyad tiene su base de apoyo. Asimismo, los seguidores de la oposición eran una minoría de estudiantes fácilmente movilizables para realizar actividades de calle, mientras que el apoyo de Mahmoud Ahmadineyad contaba con la mayoría de los jóvenes trabajadores, hombres y mujeres, y amas de casa, que expresaron su opinión ante las urnas y no tenían tiempo o ganas de participar en la política de la calle.
Una serie de expertos periodísticos, entre otros Gideon Rachman del Financial Times, afirma como evidencia del fraude electoral el hecho de que Mahmoud Ahmadineyad consiguiera el 63% de los votos en una provincia de lengua azerí, contra su oponente Musaví, de la etnia azerí. La suposición simplista es que la identidad étnica o la pertenencia a un grupo lingüístico es la única explicación posible del comportamiento electoral, y no otros intereses sociales o de clase.

Una mirada más atenta al comportamiento electoral en la región de Azerbayán oriental iraní revela que Musaví ganó sólo en la ciudad de Shabestar entre las clases alta y media (y solo por un estrecho margen), mientras que fue derrotado estrepitosamente en las zonas rurales, en las que las políticas redistributivas del gobierno han contribuido a que los azeríes se librasen de las deudas, obtuviesen créditos asequibles y préstamos para los campesinos. Musaví ganó, es cierto, en la región de Azerbayán occidental, donde utilizó sus vínculos étnicos para conseguir el voto urbano. En la provincia de Teherán, densamente poblada, Musaví ganó a Mahmoud Ahmadineyad en los centros urbanos de Teherán y Shemiranat gracias a los votos de los distritos de clase media y alta, mientras que perdió por mucha diferencia en los suburbios cercanos de clase trabajadora, las pequeñas ciudades y las zonas rurales.
El énfasis en el voto étnico, superficial y distorsionado, que aportan los colaboradores del Financial Times y del New York Times para justificar que la victoria de Ahmadineyad se debe al “robo de votos” es equiparable a la negativa deliberada de los medios de comunicación a reconocer una encuesta de opinión, rigurosa y de ámbito nacional, llevada a cabo por dos expertos estadounidenses tres semanas antes de las elecciones, que mostró que Mahmoud Ahmadineyad tenía a su favor un porcentaje de votos de dos a uno, más incluso que el obtenido en su victoria electoral del 12 de junio. La encuesta reveló que entre los azeríes Ahmadineyad superaba en una proporción de dos a uno a Musaví, demostrando así cómo los intereses de clase representados por uno de los candidatos pueden vencer la identificación étnica del otro candidato (Washington Post 15.6.2009).
El único grupo que apoyó decididamente a Musaví fue el de los estudiantes y licenciados universitarios, los comerciantes propietarios y la clase media alta. El voto de los jóvenes, que los medios occidentales presentaron como pro reformistas, fueron una clara minoría inferior al 30%, pero venían de un grupo privilegiado, conocedor de la lengua inglesa y con capacidad para hacerse oír, que gozó del monopolio de los medios occidentales. Su presencia abrumadora en las noticias de prensa occidentales creó lo que se ha calificado de síndrome del norte de Teherán, en referencia al confortable enclave de la clase alta de donde vienen muchos de estos estudiantes. Aunque sepan expresarse, vistan bien y hablen inglés correctamente, fueron vencidos con claridad en el secreto de la cabina de voto.
En general, Ahmadineyad obtuvo buenos resultados en las provincias petroleras y de la industria petroquímica, lo que podría ser un reflejo de la oposición de los trabajadores de esta industria al programa reformista, que incluye la privatización de empresas públicas. Del mismo modo, el presidente tuvo buenos resultados en las provincias fronterizas con su énfasis en el reforzamiento de la seguridad nacional ante las amenazas estadounidenses e israelíes, a la vista de una escalada de ataques terroristas patrocinados por Estados Unidos a partir de Pakistán, y de incursiones israelíes desde el Kurdistán iraquí, que han matado a docenas de ciudadanos iraníes. El patrocinio y la financiación masiva de los grupos que realizan estos ataques forma parte de la política oficial de EE UU desde el gobierno Bush, que no ha sido repudiada por el presidente Obama, al contrario, se han incrementado en el periodo previo a los comicios.
Lo que los comentadores occidentales y sus protegidos iraníes han ignorado es el fuerte impacto que las devastadoras guerras y ocupación de Iraq y Afganistán han tenido en la opinión pública iraní. La decidida postura de Mahmoud Ahmadineyad en materia de defensa contrasta con las adoptadas por muchos de los propagandistas de campaña de la ocupación, débiles y pro occidentales.
La gran mayoría de votantes de Ahmadineyad probablemente pensaron que los intereses de seguridad nacional, la integridad del país y el sistema de seguridad social, con todos sus defectos y excesos, estarían mejor defendidos y mejorarían con éste que con unos tecnócratas de clase alta apoyados por una juventud privilegiada pro occidental que anteponen los estilos de vida individuales a los valores comunitarios y la solidaridad.

La demografía de la votación revela una auténtica polarización de clase que ha enfrentado a un grupo de individualistas capitalistas de alto nivel de ingreso y orientación librecambista con una clase trabajadora de bajos ingresos, defensores de base de la economía moral en la que la usura y el beneficio están limitados por preceptos religiosos. Los abiertos ataques por parte de economistas de la oposición a los gastos sociales del gobierno, el crédito fácil y las altas subvenciones para los productos básicos de alimentación no han contribuido a congraciarlos con la mayoría de los iraníes que se benefician de dichos programas. Del Estado persiste la imagen de protector y benefactor de los trabajadores pobres contra el mercado, que representa la riqueza, el poder, el privilegio y la corrupción. Los ataques de la oposición contra la intransigente política exterior y posiciones que alienan a Occidente sólo fueron bien acogidos entre los estudiantes universitarios liberales y los grupos de negocios de importación y exportación. Para muchos iraníes, el rearme militar del régimen es visto como lo que impide un ataque estadounidense o israelí.
La escala del déficit electoral de la oposición debería indicarnos hasta qué punto está fuera de contacto con las preocupaciones vitales de su propia gente. Debería recordarles también que al acercarse a la opinión occidental se han alejado de los intereses cotidianos de seguridad, alojamiento, empleo y alimentos subvencionados que hacen la vida tolerable a los que viven por debajo del nivel de la clase media y fuera de las privilegiadas puertas de la Universidad de Teherán.
El éxito electoral de Ahmadineyad, visto en una perspectiva histórica comparada, no debería ser una sorpresa. En competiciones electorales similares en que se han enfrentado nacionalistas-populistas contra liberales pro occidentales, los populistas han ganado. Ejemplos del pasado serían Juan Domingo Perón, en Argentina, y, más recientemente, Hugo Chávez, en Venezuela, Evo Morales, en Bolivia, e incluso Lula da Silva, en Brasil, todos los cuales han demostrado su capacidad para conseguirse en torno o por encima del 60% de los votos en elecciones libres. Las mayorías votantes de estos países prefieren la seguridad social a los mercados sin trabas y la seguridad nacional al alineamiento con los imperios militares.
Las consecuencias de la victoria electoral de Mahmoud Ahmadineyad están abiertas a discusión. Estados Unidos puede sacar en conclusión que seguir apoyando a una minoría dotada de voz pero duramente derrotada tiene pocas perspectivas de conseguir concesiones en materia de enriquecimiento nuclear o de abandono del apoyo de Irán a Hezbolá y Hamás. Un enfoque realista sería abrir unas conversaciones amplias con Irán, y reconocer, tal como el senador John Kerry destacó recientemente, que el enriquecimiento de uranio no constituye una amenaza existencial para nadie. Este enfoque sería radicalmente diferente del de los sionistas estadounidenses instalados en el gobierno de Obama, que siguen la línea de Israel de promover una guerra preventiva con Irán y utilizar el espúreo argumento de que no hay negociación posible con un gobierno ilegítimo en Teherán, que ha robado las elecciones.
Acontecimientos recientes sugieren que los líderes políticos europeos, y algunos de Washington, no aceptan la argumentación de los medios sionistas de que ha habido elecciones robadas. La Casa Blanca no ha suspendido su oferta de negociaciones con el gobierno recién reelegido, pero se ha centrado en cambio en la represión de los opositores (y no en el recuento de votos). Del mismo modo, los 27 países que forman la Unión Europea han expresado su “seria preocupación por la violencia” y han instado a que “las aspiraciones del pueblo iraní se cumplan por medios pacíficos y se respete la libertad de expresión.” (Financial Times, 16.6.2009, p.4). Excepto Nicolas Sarkozy, ningún líder de la UE ha puesto en cuestión el resultado de los comicios.
El comodín en este epílogo de las elecciones es la respuesta israelí: Netanyahu ha indicado a sus seguidores sionistas estadounidenses que deben utilizar el timo del fraude electoral para ejercer una presión máxima sobre el gobierno de Obama para que ponga fin a todos sus planes de reunirse con el gobierno reelegido de Ahmadineyad.
Paradójicamente, los comentadores de Estados Unidos –de izquierda, derecha y centro– que se han tragado el timo del fraude electoral proporcionan, sin proponérselo, a Netanyahu y sus seguidores estadounidenses argumentos y mentiras: donde ven guerras religiosas, nosotros vemos lucha de clases; donde ven fraude electoral, vemos desestabilización imperial.
>http://www.voltairenet.org/article160702.html

domingo 24 de mayo de 2009

El sujeto “Humano” es artificial





Dije en el libro Política de la ilusión:
“Si el componente biológico es respetado como tal aun en sus excreciones, tanto en el animal como en el humano, no es así posible con el producto de un “órgano” o músculo -según se estime- del cuerpo humano: el cerebro, la mente y su secreción: el muy “artificial” pensamiento.
Absolutamente abstracto, invisible, inasible, pero definitivamente inductivo, generador de alteraciones psicoquímicas y físicas, este “fantasmal” objeto es el resultado de un proceso que ningún otro organismo vivo realiza; es una excrecencia inexistente en la Naturaleza.
Tan es así que, paulatinamente, de “civilización en civilización”, ese pensar artificial del humano ha generado su creciente proyección no biológica. Hasta podríamos decir que el sujeto viene desarrollando una “política de la artificialización” progresiva de sí mismo. Sin que esto implique un juicio de valor.
Claro está que no todos los integrantes de la raza están en este proceso. Quizás algunos ya se hayan desplazado o lo hagan, inversamente, acompañando el sentido del animal, o del “lobo del hombre”. Otros indudablemente llevan adelante una serie de acciones potenciadoras de la artificialidad; por ejemplo, con implantes de dispositivos de tecnología avanzada en sus organismos. Sin olvidar la utilización accesoria de la tecnología en todos los ordenes de la existencia.

En este escenario, pensar en la violencia “humana” como algo derivado de lo animal, es sólo pensar en el comportamiento de una parte del total de la población y, a partir de esto, generalizar.
Da la sensación que, con el anclaje en lo animal, lo que se produce son “utopías retrospectivas: el resurgimiento de formas primarias o arcaicas de lo que en un sentido es una historia necrospectiva”.
Por otra parte, ¿se podría pensar en la “nulidad” de la violencia en su excesiva proyección mediática?
Claro que esto no debería ocultar la “virulencia” de los problemas políticos y socioeconómicos del presente; y el reflejo de las “pantallas” que produce una agresión soft, que “violenta” sin violencia explícita -ni consecuencias “físicas”- los paradigmas que la población debe abstraer y reprocesar para sus procesos de adaptación constante.
Noviembre 25, 2002

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“La historia (y la de las religiones aún más) ha estado permanentemente obsesionada por esa “categoría” Mal. Es que la historia no habla de la “naturaleza del hombre”, sino que narra los acontecimientos producidos por lo “artificial del hombre”. Mal es una categoría ajena a la naturaleza, sólo es propia del sujeto humano, en tanto que “hablante”.
El Mal no existe. Tampoco con minúsculas. ¿O entendemos banalmente como mal lo que “no hace bien”?
Diciembre 11, 2002

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…En este marco, “lo natural y lo artificial” se presentan conformando dos categorías:
A) sin lengua: “lo animal, vegetal y mineral”, e incluyamos lo astronómico.
B) con lengua: lo humano.
Es por esto que los primeros “no tienen pasado, presente y futuro”. Sin “habla” se está fuera del tiempo, lo “animal, vegetal, mineral” y astronómico no pueden nominarlo, no pueden dar nombre al tiempo.
Por lo mismo, al hablar del sujeto humano en este proceso de coerción del futuro, tampoco se hace referencia al “ser” como algo posible. “Son” seres, únicamente aquellos que no “inquieren”. Toda pregunta habla de un sujeto; por lo tanto, la cuestión “ser o no ser” es falaz. “Ser” ya es “no”, ya es “lo terminado”, ya “es”. Por tanto “ser” ha sido; “existió como ente”.
Enero 27, 2003

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He recordado estos párrafos en relación a una noticia que hace meses no “tiene prensa”: el proyecto informático Mylifebits. Siguen algunas precisiones sobre este y su relación con los deseos “inhumanos” del sujeto.

© Ricardo Duró
08.May.2009





“Todo en la Naturaleza es construir
para sobrevivir.
Todo en lo humano es inverso,
destruir hasta el agotamiento”.

Por Federico Kukso
“Por su nombre, MyLifeBits podría ser cualquier cosa… En realidad, se trata de un ampuloso proyecto informático de Microsoft que pretende rescatar todo lo posible del olvido: dirigido por el especialista en ciencias de la computación Gordon Bell, MyLifeBits (algo así como “fragmentos de mi vida”) se inclina a grabar y registrar todo lo que una persona hace, observa, escucha y lee en su vida de todos los días.
El conejillo de Indias del experimento en este caso es el propio Bell –un veterano de la revolución informática–, quien hace seis años decidió no olvidar. Y para lograr su objetivo de memoria total, cada vez que salta de la cama se encarga de abrochar nuevas prótesis a su cuerpo. Así, para grabar todo lo que ve se ata al cuello su “Sense-Cam”, algo así como una cámara de seguridad personal adosada al cuerpo cuyo sensor infrarrojo detecta el acercamiento de un objeto con cierta temperatura y lo fotografía a un ritmo de una imagen por minuto. En cambio, para registrar el audio de sus conversaciones o llamadas telefónicas se engrapa una diminuta grabadora al codo.

Recuerdos digitales
Exhaustivo como fastuoso, el experimento busca guardar absolutamente todo. Cada correo electrónico que envía o recibe, cada documento que tipea, cada chat en que se mete, cada conversación que tiene por Messenger, cada página web a la que entra, se guarda, se archiva, se clasifica en la nueva cibermemoria de Bell: un disco rígido. A esta altura el investigador de apellido telefónico puede decir que en seis años de MyLifeBits su vida se compone de 101 mil mails, 15 mil documentos de Word y PDF, 99 mil páginas web, 44 mil fotografías, 1300 videos y 5067 documentos de sonido.
El estado actual de la compresión de la información es tal que una vida de 65 años cabe en un terabyte (mil gigabytes o un millón de megabytes) a un ritmo diario de 100 e-mails (de 5kb cada uno), 100 páginas web (50Kb cada una), 5 páginas escaneadas (100Kb cada una), 1 libro cada diez días (1Mb cada uno), 10 fotos por día (400Kb JPG cada una), 8 horas diarias de sonido y 1 CD de 45 minutos cada diez días.
Así, MyLifeBits le saca el jugo al creciente poder de computación y de almacenaje de las nuevas computadoras que desembarcan en el mercado (en 1956 la producción de un gigabyte costaba 10 millones de dólares, mientras que el año pasado costaba un dólar). Si los cálculos no les fallan, los especialistas del Microsoft Research Lab estiman que a este ritmo dentro de un tiempo a una persona que llegue a los 83 años en promedio le bastará menos de un terabyte de memoria para archivar todas sus experiencias de vida en formato digital.
Mientras tanto, Bell está tan satisfecho con este acopio de información que cada vez que da una entrevista, además de declararse un enemigo del olvido, se despacha diciendo que es “la primera persona de la historia en vivir completamente sin papel”. Su obsesión es tal que cada día que pasa advierte un nuevo cambio en su personalidad y en sus gustos. Ocurre que, para este hombre de 75 años, lo que no se puede almacenar no existe: “Me niego por completo a poseer ningún libro en este momento; los consigo, los miro, a veces los leo. Pero luego los abandono porque no están en mi memoria. Para mí, casi han desaparecido”, se quejó una vez.

La memoria del mundo
El experimento de Bell en verdad se inserta en una serie mayor de proyectos conocidos como “lifelogging” o deseo de atesorar cada momento vivido, que se remonta a las investigaciones de Vannevar Bush que en 1945 publicó el ensayo “As We May Think”. Allí describía un dispositivo bautizado como “Memex” (diminutivo de “extensor de memoria”) para guardar en microfilm libros, expedientes y comunicaciones bajo un sistema mecanizado.
Otro antecedente más cercano de MyLifeBits es el ahora extinto “LifeLog”, proyecto pergeñado por la agencia gubernamental norteamericana Darpa (el alma mater de Internet), que pretendía acumular indiscriminadamente todo lo hecho y dicho en la vida cotidiana (desde las páginas web visitadas, el contenido de llamadas telefónicas y mails, libros y revistas leídos y la elección de canales de tv) para poder abstraer de todo eso preferencias y marcadores de intencionalidad en el público. Sin éxito ni gloria, fue cajoneado en 1994 por presiones de organizaciones defensoras de derechos civiles que veían en estos arremates infoabarcativos una intolerable invasión a la privacidad.
De una manera u otra, la idea rectora de MyLifeBits subyace en muchas de las ofertas informáticas de uso diario en Internet: blogs y fotologs dejaron de ser diarios íntimos catárticos para convertirse en vidrieras exhibidoras donde el usuario, además de decir “presente” (o “yo estuve ahí”), lleva registro de todos sus recorridos y actividades: desde pensamientos sueltos hechos bits a fotos de visitas a parques de diversiones, fiestas, viajes de egresados, etc. Ni hablar de sitios como YouTube, donde se suben miles de videos caseros por segundo o de la capacidad de las casillas de mails (como Gmail, de Google), que crece a tal velocidad que ya es muy raro borrar un correo electrónico. Ahora nada se desecha, todo se acumula.
Pero MyLifeBits no está ajena a los problemas y conflictos. Cada día que pasa a Bell le cuesta más hallar en esa maraña de datos acumulados el mail que ansía encontrar o la fotografía que desea ver y mostrar. Es más, Jim Gemell y Roger Lueder, ingenieros del proyecto, sospechan que MyLifeBits y los intentos de engañar a la memoria humana tal vez conduzcan a que en algún tiempo se vuelva completamente obsoleta. De hecho, Bell ya percibe cierta degradación de la habilidad de su cerebro para recordar con claridad nombres, fechas, direcciones y números de teléfono al dejar cotidianamente todo grabado en su gran almacén de datos o cerebro sustituto.
Pero a los investigadores de Microsoft eso mucho no les importa. “Las memorias digitales lo único que traerán son beneficios al informarnos cómo la gente piensa y siente”, comentaron. “Los científicos del futuro serán capaces de echar un vistazo a los procesos de pensamiento de sus predecesores y los historiadores podrán examinar el pasado con un grado de detalle sin precedentes”.
> http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/futuro/13-1689-2007-04-14.html
> http://www.neoteo.com/mylifebits-haz-un-backup-de-tu-vida.neo

sábado 9 de mayo de 2009

Toda tiranía es amorosa

(Digresión sobre el cuerpo que no soy y la razón que no tengo)

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Cierro aquí, con máxima brevedad, De cuerpo “no somos”.

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Comenzaré con una mención a Jean Baudrillard y su ensayo respecto de “Las estrategias fatales”, en el que planta una aseveración reciclable en el ámbito de lo político, en el “espacio de gestión de lo Real”.
Baudrillard escribió “… podemos decir que con lo social ocurre lo mismo que con los sabores de la cocina americana. Gigantesca empresa de disuasión del gusto de los alimentos: su sabor está como aislado, expurgado y resintetizado bajo forma de salsas burlesca y artificiales”…

Entonces, digo...
Como con “lo social y los sabores”, en lo político la disuasión de lo ideológico ha mutado en “el bueno resintetizado”. El señor que promete una “política verde” es tan amigable como una feta de tomate orgánico en la hamburguesa prometida o el “ingrediente” del jabón diario con perfume a naturaleza. El “gusto” en lo político republicano y democrático es hoy la mostaza de un discurso ligado a las creencias y necesidades primarias, con adaptación “sustentablemente responsable”. Aquí las salsas artificiales son las pantomimas hiperrepetidas en las pantallas de televisión. Es donde Eric Laurent se me antoja “pasteurizado”, si bien acierta en definir que hay “más tecnología de la violencia”. Ya que podría decirse lo mismo de la Edad Media y sus “técnicas de muerte”.
En el afan de recuperar “lo social”, Laurent propone la creación de un “deporte del siglo XXI”. Existe, él mismo lo ha nominado: adicciones.
Aquí se une a lo dicho por Kolakowski en cierta “adicción” a la “razonable” obseción por establecer lo que está bien y lo que está mal.
Esto es tiranía: una “única imagen” que “cambia de rostro” (bueno a mala y viceversa). Es la tiranía amorosa de lo mismo, hacia el centro, desde la izquierda o desde la derecha. La razón como creencia de que “se tiene razón”. El cuerpo como origen y final de la existencia. Máxima tiranía amorosa, apego esencial que merece, por lo menos, oposición permanente.

© Ricardo Duró
08.May.2009

domingo 12 de abril de 2009

De cuerpo “no somos”

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Eric Laurent, afirma algo así como que “no nos une lo metafísico” sino la materialidad. La que sigue es una entrevista interesante de leer. Pero habrá que analizarla desde otra posición. Estimo que lo que tenemos en común los sujetos es “la mirada”, y por lo tanto, las imágenes (lo que se ve y, quizás, lo que se observa).
Además, sumando conflicto, podemos decir que la imagen no es la que hemos decidido adoptar, no es la que “algo tiene”. Sino que es “la que hemos tomado del catálogo de ofertas que circulan avaladas por el discurso dominante”. Se trata del “sticker” apto para el lector de código de barras mental que hemos desarrollado.
Discurso (código de barras) que puede ser religioso, político, cultural, económico, etcétera.

Seguiremos en el próximo post, sumando a Laurent y Kolakowski.

© Ricardo Duró
12.Abr.2009


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“Hemos transformado el cuerpo humano en un nuevo dios
Lo afirma el psicoanalista Eric Laurent



"Hoy lo que tenemos en común no es
el lazo social ni el lazo político
ni el religioso, sino nuestro cuerpo."
EL


Eric Laurent, nacido en París en 1945 y uno de los más destacados discípulos de Jacques Lacan, critica el espíritu cientificista y mecanicista de esta época. ¿Ahora que no está más la garantía de Dios hay una garantía en el cuerpo. Este es, supuestamente, el fundamento de una ciencia de la felicidad. Gracias a las nuevas tecnologías, los neurólogos nos ofrecen imágenes en las que podemos ver el centro de la felicidad. Eso es muy fascinante. Sin embargo, las respuestas rápidas que ofrecen las neurociencias a los conflictos psíquicos son falsas? dijo Laurent, máximo responsable de la Asociación Mundial de Psicoanálisis, durante una entrevista con el diario La Nación en su última visita a Buenos Aires.

¿En nuestra sociedad existe la idea de que todo puede ser reducido al mundo técnico. Es un protocolo maquinista?, sostuvo. Autor de numerosos libros (12 de los cuales han sido publicados en español), Laurent es profesor de posgrado en el Departamento de Psicoanálisis de la Universidad de París VIII, prestigiosa institución donde dictaron clases intelectuales como Michel Foucault, Gilles Deleuze, Alain Badiou y Lacan.
Amable y efusivo, Laurent opina que un ejemplo del espíritu mecanicista de la época se puede ver en la actuación de Estados Unidos en Irak: "Intentó constituir un Estado democrático, en un laboratorio. Pasó del modelo de laboratorio al país sin pensar en la gente. Esta concepción técnica del mundo no deja de producir catástrofes".

-Usted describe la civilización actual como individualismo de masa. Esta sociedad genera, según sus dichos, excesos y exclusión. ¿Qué respuestas tiene el psicoanálisis para los marginados del sistema?
-Los marginados son sujetos que están excluidos de la relación económica. Los cartoneros, por ejemplo, tratan con los restos que quedan del consumo: ellos mismos se encuentran reducidos a eso. Tratan con lo excluido y son excluidos. El objeto fundamental producido por nuestra civilización es la basura. Y estas personas son, de la misma manera, usadas y rechazadas. Lo que decimos frente a estos modos de expulsión es que los excluidos no lo están en el plano de la lengua. Hablan, son seres humanos, son seres parlantes.

-¿Cómo se los puede recuperar?
-Dándoles la palabra. A pesar de que no tienen poder adquisitivo, tienen el poder de encontrar una solución.

-Esta imposibilidad de acceder al consumo genera violencia. ¿Cree que esta sociedad es más violenta que las anteriores?
-No es que haya más violencia, sino más tecnología de la violencia. Se ha construido una sociedad de vigilancia generalizada; entonces, se genera más violencia, para superar esas defensas. Es una cuestión de tecnología. Nos rodea un mundo tecnológico donde la violencia se vuelve más eficaz en su carácter destructivo. Es una eficacia negativa, es pulsión de muerte, la parte maldita...

-Entre las víctimas de esta violencia, los más débiles son los niños. ¿Dónde quedan ubicados en este escenario?
-Los chicos pueden sentirse abandonados a sí mismos y a su propia violencia. Hay algo vinculado a la condición humana en esta violencia. El hombre es un animal violento. Los niños se sienten abandonados a la violencia que tienen en ellos. Antes se los mandaba a la guerra; ahora se los manda a las escuelas, pero esas escuelas tienen problemas de autoridad. Hay que encontrar nuevos modelos que ayuden a la juventud a atravesar la adolescencia. La culpa es nuestra, no de los niños. No hemos sabido inventar los rituales apropiados que puedan ayudar a un joven violento a encontrar salidas que no sean autodestructivas o destructivas para los demás.

-Por ejemplo.
-En el siglo XIX, los ingleses, cuando tuvieron que pasar a la educación de masas, inventaron el deporte de masas, el fútbol. En ese sentido, deberíamos inventar el nuevo deporte del siglo XXI, un nuevo ritual que al mismo tiempo fuera una práctica del cuerpo y que permitiera la socialización.

-Uno de los refugios que parecían irreductibles eran las familias. ¿No lo son ya?
-Hoy tenemos familias recompuestas, monoparentales y de personas sueltas. Tenemos también las familias compuestas por parejas del mismo sexo. Son modos de mantener un deseo de familia. No se puede decir que la familia no es más un objeto de deseo: más bien es un objeto de deseo sobre formas múltiples, que no está regulado por la tradición.

-Y en esas familias, ¿qué lugar ocupa esta figura que siempre fue central para el psicoanálisis, el padre?
-Un cambio de esta época es la desautorización de las prohibiciones. Recuerdo el famoso eslogan de fines de los años 60: "prohibido prohibir". Hoy hay una desautorización de la autoridad, del modelo tradicional de la autoridad. La figura del padre fue trastrocada: hoy su función es cargarse de la culpa de prohibir. Esto lo vemos en la extensión de los trastornos de atención, en las adicciones. Lo que parece estar extendiéndose son las patologías de acciones, no las patologías derivadas de la prohibición.

-¿Cuáles son estas patologías de acciones?
-Vemos cada día más gente desaforada en los shoppings, gente que no puede parar de comprar. Si la felicidad es tener tanto como los demás, hay que endeudarse de manera excesiva para tener más, sin pensar, sin tener en cuenta las consecuencias.

-¿El psicoanálisis está en contra del uso de medicamentos para ciertas patologías?
-El psicoanálisis es un discurso que evoluciona. En el siglo XIX era una práctica que se ejercía en una civilización en la cual no existían los fármacos psiquiátricos. Pero ahora todo el mundo toma fármacos. Por enfermedad, por trastornos, de forma preventiva, por las dudas... Toma medicación que sirve de recreo.

-¿A qué le llama "recreo"?
-A la automedicación, la medicación consumida fuera de una indicación médica precisa. Se utilizan, por ejemplo, remedios que supuestamente están hechos para tratar la disfunción de la erección en el hombre y se los utiliza con la fantasía de mejorar las performances sexuales. Estamos en una civilización en la cual el uso de fármacos está muy presente. El psicoanálisis sólo constata que su discurso opera en una civilización que ha cambiado completamente.

Por Virginia Arce
Con la colaboración de Cecilia Diwan
> http://www.lanacion.com.ar/

domingo 5 de abril de 2009

La razón ¿es ilusión?

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Recordamos a ustedes que este blog cumple la función de ser foro del portal http://www.delailusion.com/
Ambos nacieron “entre las hojas” del "Política de la ilusión" que escribí entre 2002 y 2004, editado finalmente en 2005.
En este posteo paso de actualizar el portal (en realidad hace ya bastante tiempo que no escribo). La idea es presentar a un pensador relativamente poco conocido en la Argentina y la región latinoamericana. Quizás con más penetración en algunas instituciones académicas. Aún cuando lo dudo: se trata de un “incómodo”, sumamente original en sus enfoques.

Leszek Kolakowski llega al foro para posicionar “su razón”.
Primero leeré lo que sigue (al igual que ustedes), comentarios de su libro y una conferencia relativamente reciente. Luego postearé mi posición.

© Ricardo Duró

05.Abr.2009

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Kolakowski y
Princesa Victoria de Suecia.


Por qué tengo razón en todo
de Leszek Kolakowski


Leszek Kolakowski, distinguido historiador de las ideas polaco, hombre de inmensa cultura, residente y profesor desde hace años en Oxford, publica un libro que parece dictado para dar rienda suelta al más irredimible de los resentimientos, que alcanza su clímax en la deliberada petulancia del título y se refrenda además en el último texto de la compilación en forma de una réplica apabullante a las opiniones del historiador marxista inglés Edward Thompson acerca de la justa valoración del “socialismo real”, que Thompson conoció en teoría y Kolakowski experimentó en la práctica. No tiene sentido que resuma aquí la catarata de fundadas invectivas que el polaco descarga sobre su colega inglés. Prefiero recomendar a quien sienta la tentación de incurrir en el mesianismo redentorista del siglo pasado que lea esta carta abierta; verá cómo toda deriva izquierdizante o totalitaria quedarán inmediatamente expurgadas de su alma.
En ella, como en el resto del material compilado en el libro, impera el anticomunismo más feroz, que da pábulo, lo mismo que la fascinación de Hagi por los atascos de Madrid, a la manifiesta admiración por la sociedad occidental y tiene a la libertad como valor sagrado de la condición humana. Los hitos de la profesión de fe occidental y cristiana de Kolakowski, por otra parte, son los habituales en la bibliografía de los intelectuales venidos del Este. Por una parte, la crítica rotunda de la utopía que, igual que las lecciones antiutópicas de Isaiah Berlin, señalan el utopismo romántico como una de las raíces del totalitarismo. Ya en el primer volumen de su obra Las principales corrientes del marxismo (Alianza, 1980), Kolakowski observaba que la izquierda hegeliana interpretó la idea de negación como consigna profundamente revoltosa. Hess, Ruge, Herwegh, llamados por Engels “los comunistas hegelianos”, creían que la línea de pensamiento Kant-Hegel era la expresión de las ideas jacobinas que miran hacia Francia, contra Prusia, de tal modo que cuando ésta anexiona Renania y Westfalia en 1815, la oposición la encabeza la Junges Deutchsland, aquel grupo formado por Heine, Gutzkow y Börne que Engels tanto admiraba. A ellos se unen más tarde los hegelianos de Berlín: Bauer, Köppen, Rutenberg, de raigambre judeoteológica, que fueron los primeros contactos del joven Marx. Kolakowski considera así probado que el mesianismo judío se juntó en Berlín con la dialéctica historicista de tal modo que la Razón en la Historia se convirtió en la Ley, o sea, en la realidad efectiva a la que deben someterse por fuerza todas las realidades. Quedaba así constituida la matriz teórica de la irracionalidad racionalizada, la peor de las pesadillas de los regímenes de marxismo aplicado que más tarde construyeron Lenin, Stalin, Ceausescu, Mao, etcétera. Inmensas burocracias ineficaces y criminales que instauraron el terror y la penuria de sus pueblos con la promesa de cumplimentar una espera milenaria que, a la postre, se convirtió en tragedia colectiva.
Por otra parte, junto a la rotunda descalificación de toda deriva utópica Kolakowski propone la tesis del totalitarismo como expresión histórica del mal radical y una encendida toma de partido, casi sin matices, a favor de un liberalismo sin duda idealizado y, por momentos, algo incongruente, puesto que al mismo tiempo que sostiene las consignas del thatcherismo no suscribe las medidas del gobierno de Mrs. Thatcher. Parecidas inconsistencias asoman cuando Kolakowski se reconoce católico –cómo si no, tratándose de un polaco– pero no ve responsabilidad relevante en los muchos genocidios bendecidos por la Iglesia a lo largo de los siglos; o cuando enumera la deuda histórica que tienen los amantes de la libertad con la nación polaca y el papel decisivo que ésta tuvo en la derrota del imperio soviético, pero poco tiene que comentar sobre la complicidad de sus connacionales en los monstruosos pogroms sufridos por los judíos en el Este ocupado por los nazis.

Nada nuevo aquí. La razonable arbitrariedad en los juicios suele ser también una nota característica de la retórica de muchos autores del Este, tónica que en este caso está agudizada porque Kolakowski, que es hombre de edad avanzada, se siente –y no lo oculta– au-dessus de la mélée y, como Watson al confesar que los negros son “científicamente” inferiores, le importa un bledo parecer arbitrario.
Significativo de esta compilación es también la defensa que hace de Occidente y la llaneza de algunos argumentos, muy propios de la filosofía del sentido común que se difunde desde Oxford: la loa de la Verdad y la facticidad, como ideales sagrados del conocimiento y de la Razón como conquista espiritual irrrenunciable y herencia de la Ilustración prerromántica –el siglo XVIII, decía Octavio Paz, fue el último siglo civilizado– así como la cándida, espontánea valoración del puñado de pequeñas recompensas que la libertad de la sociedad de mercado ofrece a los individuos, por fin liberados de la peligrosa fantasía de la justicia social y del sueño igualitarista que, piensa Kolakowski, sólo puede deparar el más injusto de los regímenes posibles.
Aunque sólo fuera para evitar una herida irrestañable como ésta, cuánto mejor hubiese sido que el comunismo hubiese quedado guardado en los libros.



Muy pocos filósofos son capaces de escribir de forma que atraigan el interés del público en general, sin renunciar por ello a un pensamiento original y sin concesiones a los intereses creados. Leszek Kolakowski es, sin lugar a dudas, uno de ellos.
Desde los males del socialismo real hasta la relevancia de la religión en las sociedades contemporáneas, Kolakowski se revela como un profundo conocedor tanto de la urdimbre filosófica de los totalitarismos como de las más esotéricas corrientes del cristianismo, y esta destreza le permite establecer brillantes paralelismos entre ambos, a la vez que denuncia el maniqueísmo y las escatologías tanto religiosas como políticas.
El gran filósofo polaco garantiza solidez en los planteamientos y las argumentaciones [...]. Pero, además, Kolakowski es un gran escritor, que enluce sus escritos con una afilada ironía. Es de los pocos filósofos capaces de arrancar una sonrisa al lector [...] sin perder en ningún momento la solidez de la argumentación. [...] Kolakowski se ha erigido como crítico insobornable de la cultura occidental, tanto de las utopías cristiana o comunista, como de la Ilustración. Su pensamiento puede resumirse en el lema que sirvió a Goya para titular su celebérrimo grabado: “el sueño de la razón produce monstruos”.



Kolakowski resulta, ante todo, eso, provocador, lo que constituye, ex aequo con la claridad en la exposición, la auténtica cortesía del filósofo [...] En un lenguaje suficientemente alejado de las abstrusiones de los filósofos que abrieron el siglo XX, Kolakowski aborda con gran profundidad los temas que configuran nuestra sociedad de hoy, sus herencias, sus defectos y carencias, sus perspectivas.



Kolakowski es el historiador a intelectual más importante aún con vida.
En el mundo del pensamiento, apenas existen unas pocas figuras más eminentes que Leszek Kolakowski.

The New York Review of Books


Líder carismático, maestro carismático
Conferencia
por Leszek Kolakowski

Los carismas, nos enseña San Pablo, son dones sobrenaturales, distintamente repartidos entre los fieles y los que se habitúan a las tareas específicas de enseñar, sanar, predecir. Estos dones provienen del Espíritu Santo. Sin la ayuda del Espíritu Santo no podríamos cumplir con ninguna de estas tareas; ni siquiera podríamos decir “Jesús es el Señor”. El concepto laico de carisma –para distinguirlo del religioso– se lo debemos principalmente a Max Weber, aunque él no era el primero que se valía de esta idea. Este concepto ha hecho una carrera espectacular. Leemos prácticamente a diario en los periódicos que alguien es un personaje o un líder carismático. A menudo no sabemos con exactitud qué significa esto, fuera de que, por lo general, es una persona capaz de ejercer influencia sobre otros, seguramente buena, en la asamblea de los correligionarios a quienes infunde entusiasmo.
Weber ha recalcado que se trata de un concepto que no valoriza: cuando describimos a alguien como personaje carismático no emitimos juicios de sus atributos morales o intelectuales. Incluso cuando hablamos de carisma religioso, formulamos una descripción sociológica: no incluimos en ella nuestras propias creencias religiosas o nuestra indiferencia. Juan Pablo II era con seguridad un personaje carismático, lo es también el Dalái Lama, y la mayoría de nosotros lo sabe reconocer independientemente de sus creencias.
El concepto weberiano de carisma puede abarcar distintas capacidades y cualidades. El carisma se puede atribuir a algunas profesiones, e incluye la magia y el tabú. No pretendo, sin embargo, en esta breve reflexión, analizar todos los detalles de una posible definición. Quiero sólo hacer hincapié en el tema de los líderes carismáticos y formular una pregunta. En nuestros tiempos, en nuestra civilización, ¿necesitamos tales líderes? O, al contrario, ¿hay que evitarlos? Weber distingue tres tipos de autoridad que pueden sobreponerse una a la otra: la racional legal, la tradicional y la carismática. Estas distinciones describen diferentes fundamentos sobre los que se basa la autoridad, y diferentes maneras en que la autoridad, o la capacidad de gobernar a la gente y los acontecimientos, adquiere validez. A través de las estructuras democráticas, a través de la costumbre, o por la creencia de la gente en la autoridad moral de alguna persona.
Es importante, en esta cuestión, distinguir la autoridad laica, basada en las esferas racionales, respecto de la autoridad cuasi sacra, que el laicismo no necesita. El mecánico de automóviles es, para mí, una autoridad, porque tiene las facultades y los conocimientos de que yo carezco, y yo espero racionalmente que los use y que componga mi automóvil. El traductor de la lengua albanesa es para mí una autoridad por razones similares, pues yo no conozco el albanés. Lo mismo se puede decir del experto en los mosaicos romanos del periodo tardío, y de los poseedores de una infinita variedad de conocimientos de los que yo estoy privado. Un rasgo esencial de este tipo de autoridad consiste en que puedo imaginarme que yo mismo sería capaz de adquirir este tipo de conocimientos gracias a un trabajo intenso; sé cómo aprender un idioma extranjero e incluso cómo adquirir ciertas habilidades técnicas, aunque soy en esos asuntos poco hábil. Y si un mecánico de automóviles o el traductor del albanés no tienen tiempo para ayudarme, puedo encontrar a otro que tenga conocimientos similares. Sé que esa gente no es infalible, pero, si confío en ellos, se comportarán racionalmente.
La autoridad tradicional, según entiendo, es tal que surge de manera natural e irreflexiva como algo marcado por las costumbres: la autoridad de una generación mayor para los niños, la autoridad de un príncipe para los súbditos en tiempos pacíficos.
La autoridad que irradia una persona carismática es de otro tipo. Una persona así no puede ser sustituida por otra. Yo no puedo aprender, ni siquiera imitar eficazmente, sus facultades, por más que me esfuerce. Me someto a la autoridad del líder carismático, no por estar racionalmente convencido de que tiene razón, sino por un poder específico de su personalidad. En algún sentido, creo que el líder carismático es infalible, aunque no necesariamente exprese con tales palabras mi creencia. Antes de que diga algo, creo de antemano que es verdad lo que quiere dar a conocer o lo que va a manifestar. En ese sentido, la autoridad de la personalidad carismática es cuasi sacra, y no tiene un fundamento racional.
Los líderes políticos provistos del poder carismático, por lo regular, aunque tal vez no siempre, surgen en momentos de crisis o catástrofes sociales, cuando impera el sentido de la inseguridad o la desesperación entre la gente. Estos personajes reconstruyen la esperanza de que existe un medicamento para sus desgracias y de que, a pesar de todo, los problemas no son para desesperarse.

Los líderes carismáticos surgen de la combinación de necesidades sociales, de esperas humanas y de su propia capacidad personal. Allí radica, también, la importancia de las condiciones sociales y políticas que crean la necesidad de un líder carismático: a veces no bastan para que aparezca, si no hay un candidato viable para este papel. Cuando la situación de un país resulta más o menos estable y previsible, tal como sucede hoy día en la mayoría de las democracias industriales, o postindustriales, no se da la necesidad de líderes políticos carismáticos –la gente que pudiera soñar con conquistar tal posición, aun si tiene, algo indispensable para esto, la personalidad peculiar, por lo regular no lleva a efecto sus ambiciones. En el siglo XX, el líder carismático par excellence fue Hitler. También Mussolini y Franco se pueden considerar líderes carismáticos, aunque no alcanzaron un grado tan alto de poder sobre las masas. Igualmente Lenin y Trotsky pertenecieron a esta categoría, de la misma manera que Mao Tse Tung y Fidel Castro. Seguramente figura entre estos líderes Nelson Mandela, y durante cierto tiempo el general De Gaulle. Gandhi era en su país, y asimismo en gran medida en el mundo entero, una figura carismática. Lo era también Jozef Pilsudski, y en una época remota tal vez Savonarola.
La posición de un líder carismático no está dada para siempre: se la puede perder. Lech Walesa era un líder carismático, uno de los muy escasos en la Polonia de la posguerra. Pero no logró mantener esta gloria. Su situación ha cambiado y, al igual que sus propios errores, esto se ha de atribuir a su falta de éxito. Desde luego ningún líder irradia carisma para todos: Hitler no pudo transformar todas las almas alemanas, De Gaulle era odiado por los comunistas, Pilsudski por los demócratas cristianos, etcétera. ¿Puede uno volverse líder carismático post mórtem? Fue el caso del Che Guevara. A veces, a los que se les puede llamar personalidades carismáticas, cuya vida y obras tuvieron importantes consecuencias políticas, no eran en sentido estricto líderes partidistas: por ejemplo Martín Luther King o el cardenal Wyszynski.

Con seguridad, un líder carismático puede caer bien o mal. Los líderes carismáticos fascistas pueden sacar de sus partidarios todo lo peor en la naturaleza humana: la prontitud para la violencia y la crueldad, la irreflexión y la soberbia. Otros pueden aprovechar su autoridad para sembrar la paz y la vocación para el sacrificio. Un líder carismático puede ser un hombre culto o un ignorante. Como en todas las cuestiones humanas, aquí no existen definiciones precisas: en muchos casos no estamos seguros de si un líder merece el calificativo de carismático, el adjetivo se puede incluso aplicar a algunos partidos políticos. En tales casos, los hechos no tienen importancia para la veracidad de la calificación; a los ojos de la gente de fuera, los acontecimientos pueden contradecir desde luego la ideología o la propaganda del líder o el partido; para los fieles, sin embargo, eso no tiene importancia, dado que los hechos no existen como una fuente del saber: tienen que ser interpretados “correctamente”. Y con una buena interpretación irán a apoyar invariablemente “lo que importa”.
En nuestros tiempos, se puede estar seguro de que el carisma oficial ha decaído. Los reyes lo han perdido casi totalmente. Algo queda en la dignidad del servicio papal. Si un líder carismático ha de resurgir otra vez, esto puede suceder sólo a consecuencia de impredecibles catástrofes sociales y económicas. En cambio, no hay nunca garantía de que tales catástrofes no vayan a ocurrir. ¿Pero qué podría lograr un líder de esos? Es cierto que, en circunstancias excepcionales, puede aliviar la crisis y evitar la desintegración de la sociedad; lo más sano, sin embargo, lo que conviene, es que ante tales contingencias se realicen cálculos sobrios, racionales, adecuados a la planeación de una estrategia común. El problema consiste en que esas operaciones sobrias y racionales no siempre son accesibles a todos, y requieren tiempo.
Por otro lado –y siempre hay “otro lado” cuando se habla de los asuntos humanos–, nos resulta más fácil volver de inmediato visibles y tangibles las condiciones que nuestro futuro necesita: que no sea un simple cálculo frío, sino precisamente el llamado de un profeta o pseudoprofeta: una figura carismática. Si nuestra suerte realmente depende de disponer a gran cantidad de personas para el esfuerzo sacrificado –conocemos muchos ejemplos de tales ocasiones en el pasado–, el exhorto de un líder carismático es considerablemente más eficaz y despierta más fuerza moral que cualquier otra cosa. Leemos a veces métodos apocalípticos en cuanto a las derrotas que la naturaleza nos depara en las próximas décadas: el calentamiento global, las guerras por el agua pluvial, el fin del petróleo, el crecimiento del nivel de los mares, Londres y Nueva York inundadas, etcétera. Cuando nos imaginamos esas catástrofes, y junto con ellas el pánico, las guerras y las revoluciones, nos viene a la cabeza que hará falta un mensajero de Dios para dar solución a desgracias en tan grande escala.
Pero la figura del carisma, aunque puede, en ciertas situaciones, traer a la gente dones oportunos, es siempre un fenómeno peligroso, porque invariablemente tiene la fuerza para convertirse en semilla del fanatismo. Lo más sano ante tales figuras es prescindir de ellas.
Si observamos que no existen, en la Polonia actual, líderes políticos carismáticos –y no creo que este señalamiento provoque propuestas numerosas–, no es esta una carencia que haya que lamentar ni considerar con atención. No necesitamos, en verdad, políticos carismáticos, sino políticos inteligentes y honestos, benévolos con la gente, libres de rabia, y que no lancen amenazas. Y estos son, sin embargo, descubrimientos raros.
La imagen de un líder político carismático la podemos asociar con la de un político populista. Estas dos cualidades pueden a veces coincidir, pero no son lo mismo. El político populista es no sólo el que repite la consigna “dame el poder y me encargaré de componer las cosas”, sino aquel cuyo verdadero interés consiste en escuchar los sueños más simplones del llamado pueblo, y los que menos se apoyan en la razón, y hacer ver que se identifica con estos sueños, sin pensar si resultan posibles o si corresponden al interés real de la sociedad o del Estado. Promete, por lo tanto, todo lo que, según cree, sueñan las masas más numerosas de la gente. Y puede, si tiene un poco de habilidad –aunque con una mezcla de insolencia–, lograr un considerable apoyo. Sin embargo, por lo regular alcanza pocas oportunidades para, gracias a eso, consumar conquistas en un sistema democrático, por mucho poder que tenga, ya que sus promesas están vacías. No se convierte, por virtud de estas promesas, en un líder carismático, dado que no tiene los conocimientos para promover una transformación espiritual de la gente con la cual pueda abrirse cierta visión del futuro, verdadera o falsa, pero inspirada por la fe, capaz de suscitar sacrificios. El populismo y la acción del carisma no son, pues, lo mismo.

Existe, sin embargo, gente dotada de autoridad carismática que en verdad necesitamos. No me refiero a líderes políticos sino, para decirlo de alguna manera, a defensores, gente que guíe o gente que ayude. Pueden ser maestros, pero maestros de un género particular: maestros más bien que profesores, en el sentido común del término. No nos proporcionan simplemente la información que necesitamos o que queremos, sino, de alguna manera, se inscriben ellos mismos como personas en el contenido de su enseñanza, sobre todo –pero no únicamente así– si se trata de una enseñanza moral o religiosa. La persona de un profesor no es importante en la enseñanza si esta consiste simplemente en informarnos, por ejemplo, de hechos históricos o en transmitirnos ciertos conocimientos, sean de matemáticas o de lingüística; dicha persona es entonces neutral. Sin embargo, la persona de un maestro puede ser algo esencial en lo que nos enseña si, a través de esta enseñanza, nos quiere, por ejemplo, inculcar que debemos respaldar a nuestros semejantes en la necesidad, si quiere sembrar amistad y amor en nosotros, y que podamos renunciar a la envidia y al odio. Llegamos a tener confianza en tales maestros si de verdad son capaces de enseñarnos y enriquecernos espiritualmente.
La enseñanza es estéril si la persona del maestro no está inscrita en el contenido de lo que enseña. Necesitamos tales maestros porque hay en nuestro espíritu algo que, por siempre, quedará en una condición infantil e inmadura: querríamos librarnos de la responsabilidad, tener al lado a alguien que tome por nosotros las decisiones y, por lo menos, que nos enseñe lo que debemos hacer. Añoramos, por lo tanto, al maestro, y si este no existe nos sentimos asustados e impotentes.
Un maestro carismático, para realizar su labor eficazmente, no tiene para nada que ser un hombre conocido, famoso –al contrario de un político carismático–: basta con que tenga un pequeño grupo de alumnos o aprendices espirituales, a quienes sepa conferir sus dones. Estos regalos pueden empezar siendo la enseñanza de diferentes disciplinas, prácticamente todas sirven para esto. Por ejemplo, las matemáticas: el maestro carismático sabe transmitirlas de tal manera que no sólo vuelva capaces a los alumnos de resolver ciertas ecuaciones, sino para despertar en ellos el entusiasmo de un insólito logro espiritual humano, para que puedan amar la magnificencia de las matemáticas, su construcción arrebatadora. Para alcanzar este fin, el maestro tiene que vivir él mismo la admiración por la ciencia, y también los aspectos magníficos de la historia humana, al igual que la aterradora amenaza y la crueldad que contiene. Los alumnos se vuelven entonces capaces de convivir con esa historia, de vivir en la admiración o la repulsión de las vicisitudes, luminosas o sombrías, de la historia, del arte y de la física teórica.
¿También de la teología? De eso no estoy seguro, cuando se trata de la teología como una ocupación académica, y no de la enseñanza de la fe, en la que el carisma del maestro inspira una seguridad con una certeza decisiva. ¿Pero una teología sistemática? No estoy siquiera seguro de qué pueda ser eso. Recuerdo que, en cierta ocasión, encontré en la calle, en Chicago –donde durante muchos años impartí clases–, a un conocido de la Facultad de Teología. “¿Adónde vas?” –pregunté. “A un seminario” –respondió. “¿Y de qué es ese seminario?” “De Dios” –me dijo. “¿De Dios? ¿En la Facultad de Teología? ¿En la estadounidense, y con la revolución social, de Dios? Es una extravagancia.” Estuvo de acuerdo conmigo: “Sí, es realmente una extravagancia.”

Una esperanza vana de encontrar al maestro es el tema de la gran obra de Beckett Esperando a Godot. No sabemos quién es ese Godot. ¿Quién podría ser?: ¿un mensajero divino?, ¿el mismo Dios?, ¿un profeta?, ¿alguien que nos inicie en los secretos de nuestra predestinación? El público en el teatro está persuadido de que Godot es simplemente producto de una desesperada imaginación de Vladimir y Estragón, principales personajes de la obra: creemos que Godot simplemente no existe, y no tomamos en serio al muchacho que se hace pasar por su mensajero. Llegamos a la conclusión de que el mensaje de la obra es: “No se puede hacer nada.” Por un momento, los personajes de Beckett piensan en ahorcarse, pero al final se quedan, siguen esperando y siguen viviendo en la esperanza.
Esperar y alimentar la esperanza. Si Beckett hubiera asimilado la imagen del mundo que sugiere su obra, debería incitarnos al suicidio, de ser este motivado sólo por la falta de una razón para vivir –porque esto no basta como móvil del suicidio: al fin y al cabo mucha gente vive sin pensar absolutamente en las razones de vivir. Pero ni siquiera tiene móviles de vida: ¿para qué seguir viviendo? Quizá, sin embargo, nos es permitido suponer que, en el fondo de su alma, hubo algún rayo de esperanza: aunque tenue, un rayo de esperanza.
Notemos que Ionesco, en una plática con la publicación italiana Avvenire, dijo que era un absurdo llamar sus obras “Teatro del Absurdo”, ya que este precisamente es el teatro de la búsqueda de Dios. Atribuía él la misma intención a Beckett: con justa razón, es difícil llegar al fin de la propia vida. Pero el que mira las obras de Ionesco en el teatro no tiene tampoco muchas oportunidades para advertir este sentido que el autor atribuye a su obra, no se le descubre. Debemos, sin embargo, tomar en serio la autointerpretación de Ionesco, aun si tampoco nosotros mismos podemos encontrarla.
¿De qué esperanza se trata? No sabemos decirlo. Sin embargo, existe la creencia de que nuestra vida y el mundo, a pesar de tanta indiferencia, tienen un destino, un sentido que es real, aunque no sabemos deducirlo en nuestra experiencia diaria. Esta creencia, esta vivencia, es mayor y más extensa que una fe religiosa, por más precisa y dogmáticamente formulada que esté. La fe en el posible sentido trae algo que es el don más preciado de los dioses: la confianza en la vida. Hablamos de la confianza, no en el sentido de las esperas de algo que se puede fundamentar racionalmente, sino más bien en el sentido de la fe, precisamente de la que habla el apóstol San Pablo en sus epístolas. La fe es una confianza que no necesariamente se refiere a alguna persona u objeto, sino que es algo general y acrónico, que abarca el mundo entero y todo un campo de relaciones humanas, es decir, todo lo que nos trae tanto la alegría como el sufrimiento. La confianza en la vida no nos protege contra el sufrimiento, la desgracia y las contrariedades de la vida, sino que es fuente de la vida espiritual, que nos permite encarar el mal sin desesperación. ¿Tal confianza obra en condiciones libres? Esto no lo sabemos, pero su intensidad, en casos aislados, parece sugerir que puede ser bastante fuerte para actuar en todas las circunstancias.
No sabemos probar, en la perspectiva científica de la palabra, que el Universo tiene algún sentido. Puede darnos, cuando mucho, las difícilmente alcanzables señales de ello, como aquel muchacho en la obra de Beckett, que aparece ahí en dos ocasiones, pero en la segunda ocasión daría igual que se presentara en cualquier momento, en ese lugar, y que encontrara a aquellos personajes, aunque el público lo reconoce como al mismo chico. No conocemos el sentido de ese misterioso personaje, pero su presencia sugiere que, cuando afirma que es un mensajero de Godot, esta pretensión puede que no sea totalmente falsa. De otra manera, ¿de dónde podría venir?, ¿quién lo envió?
Aunque esta sensación de un sentido que lo abarca todo en el Universo no se puede transformar en una teoría o en una doctrina que sirva para una aceptación intelectual, no es intelectualmente infructuosa: es algo más que una emoción casual e insignificante, que la mente racional deba rechazar. Independientemente de que este sentimiento se reconozca conscientemente en ella, es la raíz de la afirmación de nuestra existencia, nuestro “sí” dirigido hacia la vida en contra de todas sus atrocidades.
Esta sensación no se puede enseñar como se enseñan en la escuela las materias comunes. Es necesario, por lo regular, un maestro carismático para inculcarlo en nuestra mentalidad, y aunque sabemos que las capacidades carismáticas pueden ser a veces un don del diablo, nosotros mismos tenemos que discernir la diferencia entre el bien y el mal, para no rendirnos a su fuerza seductora. Los dones carismáticos y las personalidades carismáticas son no sólo válidas sino partes abiertamente necesarias de ese camino en el que bregamos con nuestro destino. ~

Texto autorizado de la conferencia que Leszek Kolakowski dictó el 9 de mayo del 2006, en el auditorio Máximum de la Universidad de Varsovia, para concluir con el ciclo “Ocho conferencias para el nuevo milenio”.

Tomado de la Gazeta Wyborcza
Traducción de Aleksander Bugajski

sábado 28 de marzo de 2009

¿Por qué Slavoj Zizek en delailusion?

El progresismo más intelectual y filoacadémico lo supervalora.
Nosotros lo leemos cuando podemos.
No es que tengamos una posición definida respecto de este pensador. Creemos que “es demasiado marxista lacaniano”. O sea: es sesgado.
Toda “inclinación ideológica” conforma un “espacio para mantenerse en la ilusión”. Baudrillard hubiera dicho “para constatarse en el simulacro”.

Sin embargo, Zizek genera “oxigeno” intelectual. Proyecta agudeza sobre “lo supuesto Real”. Esto lo hace imprescindible de abordaje.
Para los que lo conoce y para quienes lo leyeron, aquí “otra vez”, en una entrevista de hace pocos años.

© Ricardo Duró
28.Mar.2009


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Zizek la foto durante la ceremonia de
su casamiento con una joven
modelo argentina, licenciada en filosofía.





Contra el goce
Entrevista a Slavoj Zizek

Candidato a presidente por Eslovenia y pensador de renombre mundial, Zizek crítica el dictamen social que impone al individuo la “obligación de gozar.”…

Por José Fernandez Vega

—A 20 años de la recuperación de la democracia en la Argentina, se afianzaron las libertades, pero la mitad del país se hundió en la pobreza. Este contraste no es sólo local ¿A qué atribuye esta tensión contemporánea entre libertad e igualdad?

Slavoj Zizek —Si lo que entendemos por democracia es su variante liberal, hoy dominante, la triste conclusión es que en general está produciendo mayor desigualdad. Las razones son complejas. Tras la desaparición de la izquierda como fuerza política que pretendía un cambio de sistema social surgió una nueva izquierda, que en Europa se denominó “tercera vía” (con Blair, Schröeder y otros). Irónicamente, se basa en lo siguiente: el capitalismo ganó, por eso no nos tenemos que meter con la economía. Recuerdo que en una época se hablaba del socialismo con rostro humano; ellos ofrecen un capitalismo con rostro humano. Dicen que pueden mejorar la salud, por ejemplo, sin perturbar el funcionamiento del mercado. Esta nueva izquierda es la que mejor representa los intereses del conjunto del capitalismo. En contraste, y para decirlo de manera tosca pero cierta, por lo común la nueva derecha sólo representa los intereses de ciertos sectores del capital. En EE.UU. es evidente que Clinton fue mejor vocero del interés general del capitalismo que los republicanos, quienes están mucho más vinculados a ciertas industrias de visión mas conservadora. Aunque para llegar al poder estos conservadores deben también apelar a algunos sectores de los trabajadores; “vamos a proteger a nuestros obreros, al trabajo nacional contra los inmigrantes”. Esta es actualmente la primera gran paradoja. En la segunda paradoja ustedes, los argentinos, no son una excepción sino la regla. La democracia, para volverse popular, tuvo que flirtear un poco con cierta forma de populismo autoritario. Esta fue la experiencia que ustedes tuvieron hace medio siglo con Perón. Si se quiere ir un poco más allá en las reivindicaciones populistas, incluso cuando sean apenas demágogicas, surge de inmediato una tensión con la democracia liberal. Creo que el mundo está llegando de nuevo a esa situación. Ya logramos la democracia liberal estándar, pero esto no conduce de manera automática a una mayor igualdad. Desde una mirada histórica, pareciera que las reivindicaciones sociales —un mejor sistema de salud y demás— se conquistaron de un modo algo más violento y muy raramente mediante la formas normales de la democracia. Esto no descarta a la democracia. Sólo quiero señalar que, para mí, la experiencia latinoamericana es crucial, y que la igualdad no es un componente esencial del proyecto liberal de democracia, como lo es, por ejemplo, la libertad individual.

JFV—En el socialismo real, según escribió usted, el ideal era la construcción de un “hombre nuevo”, pero quienes creyeron honestamente en él terminaron siendo considerados como individuos peligrosos por el sistema, que en realidad exigía ciudadanos complacientes.
SZ—Claro. Hay gente que cree que en este sentido el socialismo fue un enorme fracaso. Nadie se tomó en serio el verdadero propósito. No fue un fracaso: verdaderamente querían eso. Eslovenia es un pequeño país, una especie de pueblo grande donde nos conocemos todos. Dos o tres personas próximas a mí perdieron su trabajo en el comité central del partido por tomarse demasiado en serio el ideal de “hombre nuevo”.

JFV—¿Y cuál sería el ideal humano que corresponde a nuestra democracia liberal y a su cultura posmoderna? ¿Y qué es lo que se pretende con ese ideal?
SZ—Está muy de moda decir que la desintegración del comunismo en 1989 significó el fin de la utopía y el ingreso a un mundo “post-ideológico”. Sin embargo, los años 90 señalaron el surgimiento de una auténtica utopía. Con el capitalismo liberal ya tenían la fórmula. Todo lo que necesitaban entonces era difundir una actitud posmoderna: nada de identidades fijas. Esa fue la utopía. Si el 11 de septiembre de 2001 tiene un significado simbólico, es justamente el de marcar el final de esta utopía. De manera que, para mí, la verdadera utopía fue la de los años 90. Teníamos todas las respuestas. Debíamos olvidar la revolución porque vivíamos en el mejor sistema posible. Lo que nos hacía falta era más tolerancia, multiculturalismo, libertad sexual. Esto terminó el 11 de septiembre. Pero hay otro aspecto importante. Muchos izquierdistas, bajo la influencia del posmodernismo, piensan que estos valores —multiplicidad, libertad para elegir y reinventarnos a nosotros mismos— constituyen actitudes subversivas y revolucionarias, como si el poder defendiera aún valores conservadores.

JFV—¿Y no es verdad?
SZ—No. Para decirlo de una manera pasada de moda, todos esos valores posmodernos son los de la ideología dominante: olvídate de los viejos objetivos políticos, ahora eres libre de dedicar tu vida al sólo propósito de realizarte a todo nivel, desde llenarte de dinero hasta hacer el amor más seguido, pero también en un sentido espiritual. Miremos un poco hacia el campo del arte: ¿Adónde quedaron aquellos buenos tiempos en que el arte oficial era conservador y la vanguardia se dedicaba a provocar a la gente? En la colección Saatchi de Londres, que integra el circuito cultural establecido, se pueden ver obras perturbadoras como videos de colonoscopías, mierda, lo que se nos ocurra. Mi ejemplo preferido es el de esa pequeña ciudad estadounidense, cuyo nombre no recuerdo, donde domina una izquierda que defiende esa idea de potenciar todo tipo de deseos personales. ¿Es que acaso los necrófilos no son víctimas de una clara marginación? ¿No es nuestro deber como sociedad facilitarles ciertos cuerpos para su placer? Esta es una falsa permisividad en mi opinión. Falsa en dos niveles. Primero, resulta evidente que en nuestra vida personal somos libres de hacer lo que nos venga en gana, pero ¿qué decisiones son las que realmente importan?

JFV—¿Y cuáles son?
SZ—Por ejemplo, si tratamos de nacionalizar un banco descargarán sobre nosotros los peores insultos: populistas, comunistas, es decir que no serán tan permisivos en ese plano. Segundo, ¿no hay acaso en esta supuesta permisividad un mandato oculto proveniente de lo que en psicoanálisis llamamos el “super yo”? Se trata de una verdadera obligación: “¡debes gozar!”. Se impone el goce, porque de lo contrario nos sentimos culpables. Es como una moral kantiana al revés. En otros tiempos la obligación moral era llevar una vida “decente”. Si traicionabas a tu esposa, te sentías culpable por buscar el placer. Ahora se trata de lo contrario, si no buscas el placer, si no estás dispuesto a gozar, te sientes culpable. Y no estoy hablando de una hipótesis abstracta. Me encuentro todo el tiempo con psicoanalistas que me dicen que ésa es la razón por la cual la gente acude a la consulta. Se sienten culpables de no gozar lo suficiente. La gran paradoja es que el deber de nuestros días no impone la obediencia y el sacrificio, sino más bien el goce y la buena vida. Y quizá se trate de un mandato mucho más cruel. Probablemente el discurso psicoanalítico es el único que hoy propone la máxima: “gozar no es obligatorio, te está permitido no gozar”. La paradoja de la sociedad permisiva es que nos regula como nunca antes. Yo no confío en esa idea liberal según la cual el Estado fue superado por el mercado, por las grandes compañías. Nunca antes un aparato estatal fue más fuerte ni tuvo un control más absoluto sobre su propia población que el de EE.UU., hoy. No digo que sea tan malo como el estalinismo, sino que dispone de nuevas tecnologías. ¿Sabe cuál era el problema del estalinismo? Aplicaban un terror ciego porque el gran trauma de los dirigentes era que no sabían lo que estaba pasando, no lo podían controlar todo. De allí la demanda por encontrar traidores y hacer purgas todo el tiempo. Se hallaban en pánico permanente; en los años 1930 se encontraban en medio del caos total y por eso aplicaban el terror arbitrario. No hay necesidad de algo así en EE.UU., porque saben qué está pasando. Encuentro un poco ridículo todo ese discurso sobre la desaparición del Estado. Desde luego que desaparecen algunos servicios, como el de salud por ejemplo, pero el aparato represivo, la inteligencia, la policía son más fuertes que nunca.

> http://old.clarin.com/suplementos/cultura/2003/11/29/u-666509.htm